miércoles, 30 de agosto de 2017

Terceros. Otro esquema de práctica

1) Escribir tres oraciones que posean una suboración sustantiva. (De Sujeto, de Predicativo y de O.D.) Analizarlas.
2) Escribir tres oraciones que tengan PIAdv. (De causa, de Fin y de Tiempo) Analizar.
3) Escribir tres oraciones que tengan PIAdj. (Con nexo "que" y con nexo "cuyo"). Analizar.
4) Escribir dos oraciones cuya Proposición Incluida Sustantiva sea Aposición de la oración principal. Analizar.
5) Escribir dos oraciones cuya Proposición Incluida Sustantiva sea un Término de la oración principal. Analizar.

Quinto. Otro texto


La cueva

Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.

He oído que mamá ha muerto.

Fernando Iwasaki (Lima, 1961), Ajuar funerario (Páginas de Espuma, 2004)

martes, 29 de agosto de 2017

Quintos. Comprueben que les salen.

Muerte en la ciudad.  ´María Díaz Petenatti

 Un charco de sangre delineaba la silueta sobre el pavimento. El policía fue abriendo camino entre la gente hasta llegar a él.

La mujer miraba la escena petrificada. Al saber que había visto lo ocurrido, otro policía le dijo que debía ir a la seccional a declarar como testigo presencial.

No demoró en ir hasta el lugar donde había sido citada. El ambiente de la comisaría la ponía inquieta, sólo deseaba declarar y poder volver a su casa.

El oficial a cargo la llamó. Sentada en una silla frente a él comenzó a interrogarla con la pregunta que suponía sería sin lugar a dudas la primera:
_¿Usted lo conocía?

_Sí

_¿Y cómo se conocieron ustedes?

La expresión de su rostro cambió, sus ojos se llenaron de lágrimas. Le faltaba el aliento cuando dijo:
_Es una larga historia.

_Tengo poco tiempo para escucharla, le pido por favor que sea breve pero específica.

_Hace muchos años que Daniel está enfermo. Desde su adolescencia padece de esquizofrenia, pero últimamente su estado se agravó, entró en depresión seguida de angustia.

Su bipolaridad lo hizo escurridizo, desconfiado. Culpaba al psiquiatra de su estado emocional.

El mismo apareció muerto en su consultorio hace dos semanas. Ese día habían tenido cesión.

Como las investigaciones son siempre traumáticas para personas con su sintomatología, su vida se convirtió en un verdadero infierno. Nada se encontró nada en su contra, pero no es justo lo que le sucedió a Carlos, un ser humano increíblemente hermoso, lleno de vida, apasionado por su profesión.

Nadie me sacará de la cabeza que fue él quien lo mató. ¡Nadie!

_Continúe por favor.

_ Hoy fui a su casa para hablar. Quería averiguar cómo había sido su última sesión con Carlos. Cualquier detalle me hubiera servido. Le pregunté inútilmente si había visto u oído algo. No escuchaba nada de lo que le decía. Parecía mirarme con miedo.

Salió casi corriendo de su casa dejándome sola en el comedor. Lo seguí y cuando estaba por cruzar la calle resbaló y fue embestido por el camión. Eso es todo lo que tengo para contarle.

_¿Eso es todo? Aún no me ha contestado cómo lo conoció, pregunta con la cual quise que iniciara esta declaración.

_¡Ah, tiene razón! Yo era la secretaria del Doctor Carlos Fuentes. A Daniel lo conocí cuando comenzó su tratamiento.

Me daba muchísima bronca ver lo bien que se llevaban los dos. Cuando Daniel llegaba a la consulta yo no existía más para Carlos. Se cerraban con llave y las sesiones eran interminables.

_¿A usted le daba bronca, o celos?

El policía la miró fijamente. Ella sostuvo por un tiempo la mirada pero luego bajó la cabeza visiblemente perturbada.

_Va a tener que quedarse. Creo que debemos seguir hablando

Ya no importa el tiempo. Ahora hay dos temas sobre los que debemos hablar. Mejor dicho, hay dos muertes sobre las que tenemos que hablar. Y creo que usted va a hablar mucho, ¿no es así señorita?

Quintos. Otro texto por pedido de ustedes.


El despistado

El avión ha aterrizado, han parado los motores, ya se apagó la señal que obligaba a usar el cinturón. Sin embargo, nadie se levanta. No comprendo cómo los demás no tienes ganas de abandonar este sitio después de haber experimentado el horroroso vuelo, los ruidos extraños, la explosión, el humo espeso, el terrible zarandeo. Me levanto yo, abro el maletero, saco mi cartera, mi abrigo. Acabo de descubrir que todos me están mirando. De repente me señalan y se echan a reír con una carcajada extraña, una carcajada que parece llena de dolor, y aquí estoy yo con la cartera en una mano y el abrigo en la otra, sin enterarme de lo que sucede.

Quintos. Más cuentos


La pelota
Felisberto HERNÁNDEZ

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre.
Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita –pronto para correr- yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con esta.
Cuando la estaba terminando, vi como ella la redondeaba; tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía forma: aquello que no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo.
Después de haberle dado las más furiosas ‘patadas’ me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que imaginaba; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que se iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara.
Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo (cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una ‘patada’ bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces.
Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburría muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo.
Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.
Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración. Y después yo me fui quedando dormido.

Quintos. Otro cuento para practicar


FELICIDAD CLANDESTINA

Clarice LISPECTOR

 

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como «fecha natalicia» y «recuerdos».

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de vida, el drama del «día siguiente» iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiél no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a sospechar, es algo que sospecho a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: «Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?» Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: «el tiempo que quieras» es todo lo que una persona, gran-de o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.

Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.

lunes, 28 de agosto de 2017

Quintos. Otro microcuento

Resistencia

La señal fracasó. El poeta había escrito una epopeya, cientos de folios, por advertir a quien amaba que era tiempo de cambiar o de morir… Su musa leyó aquello y desplegó una sorna despiadada. Seis meses duró la burla.

Una mañana, el poeta oyó que había partido de una muerte idéntica a la que él pensó para ella. Sólo entonces descubrió el aterrador poder de su pluma.